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miércoles, 25 de marzo de 2015

José Cadalso y Vázquez (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)[esp], _Cartas marruecas_ (1793), «Carta LXXXVIII de Ben-Beley a Gazel (Veo y apruebo […] la moral y la filosofía)»

Veo y apruebo lo que me dices sobre los varios trámites por donde pasan las naciones desde su formación hasta su ruina total. Si cabe algún remedio para evitar la encadenación de cosas que han de suceder a los hombres y a sus comunidades, no creo que lo haya para prevenir los daños de la época del lujo. Este tiene demasiado atractivo para dar lugar a otra cualquiera persuasión; y así, los que nacen en semejantes eras se cansan en balde si pretenden contrarrestar la fuerza de tan furioso torrente. Un pueblo acostumbrado a delicadas mesas, blandos lechos, ropas finas, modales afeminados, conversaciones amorosas, pasatiempos frívolos, estudios dirigidos a refinar las delicias y lo restante del lujo, no es capaz de oír la voz de los que quieran demostrarle lo próximo de su ruina. Ha de precipitarse en ella como el río en el mar. Ni las leyes suntuarias, ni las ideas militares, ni los trabajos públicos, ni las guerras, ni las conquistas, ni el ejemplo de un soberano parco, austero y sobrio, bastan a resarcir el daño que se introdujo insensiblemente.

Reirase semejante nación del magistrado que, queriendo resucitar las antiguas leyes y austeridad de costumbres, castigue a los que las quebranten; del filósofo que declame contra la relajación; del general que hable alguna vez de guerras; del poeta que canta los héroes de la patria. Nada de esto se entiende ni se oye; lo que se escucha con respeto y se ejecuta con general esmero, es cuanto puede completar la ruina universal. La invención de un sorbete, de un peinado, de un vestido y de un baile, es tenido por prueba matemática de los progresos del entendimiento humano. Una composición nueva de una música deliciosa, de una poesía afeminada, de un drama amoroso, se cuentan entre las invenciones más útiles del siglo. A esto reduce la nación todo el esfuerzo del entendimiento humano; a un nuevo muelle de coche, toda la matemática; a una fuente extraña y un teatro agradable, toda la física; a más olores fragantes, toda la química; a modos de hacernos más capaces de disfrutar los placeres, toda la medicina; y a romper los vínculos de parentesco, matrimonio, lealtad, amistad y amor de la patria, toda la moral y filosofía.

martes, 19 de noviembre de 2013

José Cadalso y Vázquez (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)[esp], _Los eruditos a la violeta_ (1772), (frag.) «Si oímos a los hombres […] Nunca soltéis prenda»


Si oímos a los hombres graves hablar de las ciencias, nos dirán que ellas son los resplandores de aquella luz con que nacemos; que todas ellas tienen la más estrecha conexión entre sí […]. Dirán también, muy pagados de su trabajo, que el objeto común de todas ellas y la utilidad que han prestado a los hombres, se divide en dos: una es obtener un menos imperfecto conocimiento del Ente Supremo, con cuyo conocimiento se mueve más el corazón del hombre a tributar más rendidos cultos a su Criador; y la otra es hacerse los hombres más sociables, comunicándose mutuamente las producciones de sus entendimientos, y unirse, digámoslo así a pesar de los mares y distancias.
Muy santo y bueno será todo esto, y yo no me quiero meter ahora en disputarlo; pero yo y vosotros mis discípulos hemos de considerar las ciencias con otro objeto muy diferente.
Las ciencias no han de servir más que para lucir en los estrados, paseos, luneta de las comedias, tertulias, antesalas de poderosos y cafés, y para ensoberbecernos, llenarnos de orgullo, hacernos intratables e infundirnos un sumo desprecio para con todos los que no nos admiren. Éste es su objeto, su naturaleza, su principio y su fin. […]
De los dramáticos griegos y latinos, decid que aunque son los modelos, no gustarían hoy sus dramas, por aquel aparato de la antigua representación, con mascarillas, acompañamiento de flautas, etc. No obstante, citad a Eurípides, Sófocles, Séneca, Terencio y Plauto, y una pieza de cada uno. Con esto, y con repetir a menudo las palabras del conjuro, unidad, prólogo, catástrofe, episodio, escena, acto, coro, corifeo, etc.; y con decir que el plaudite de los cómicos románticos equivalía a una despedida de:

Esta comedia, señores,
aquí se acaba, pidiendo
a este concurso piadoso
el perdón de nuestros yerros,

os tendrán por pozos de ciencia poético-trágico-cómico-grecolatino-ánglico-itálico-gálico-hispánico-antiguo-moderna (fuego, ¡qué tirada!); y pobre del autor que saque su pieza al público sin vuestra aprobación. Decid pieza y no composición, porque más de la mitad del mérito está en eso. Pero vosotros no deis al público un dedo de papel vuestro, porque os exponéis a perder todo el concepto que os habrá adquirido esta lección. Nunca soltéis prenda.

CADALSO, José: Los eruditos a la violeta

domingo, 29 de septiembre de 2013

José Cadalso y Vázquez (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)[esp], _Cartas marruecas_ (1793), «Carta XXIII (Hay hombres […] literarias de España»

Hay hombres en este país que tienen por oficio el disputar. Asistí últimamente a unas juntas de sabios que llaman Conclusiones. Lo que son no lo sé, ni lo que dijeron, ni sé si se entendieron; ni sé si se reconciliaron, después, o si se quedaron en el rencor que se manifestaron delante de una infinidad de gentes, de las cuales ni un hombre se levantó para apaciguarlos, no obstante el peligro en que estaban de darse puñaladas, según los gestos que se hacían y las injurias que se decían; antes los indiferentes estaban mirando con mucho sosiego, y aun con gusto la quimera de los adversarios. Uno de ellos, que tenía más de dos varas de alto, casi otras tantas de grueso, fuertes pulmones, voz de gigante y ademanes de frenético, defendió por la mañana que una cosa era negra, y a la tarde que era blanca. Lo celebré infinito, pareciéndome esto un efecto de docilidad poco común entre los sabios; pero desengañeme, cuando vi que los mismos que por la mañana se habían opuesto con todo su brío, que no era corto, a que la tal cosa fuese negra, se oponían igualmente por la tarde a que la misma fuese blanca. Y un hombre grave, que se sentó a mi lado, me dijo que esto se llamaba defender una cosa problemáticamente; que el sujeto que estaba luciendo su ingenio problemático era un mozo de muchas prendas y grandes esperanzas; pero que era, como si dijéramos, su primera campaña, y que los que le combatían eran ya hombres hechos a esas contiendas con cincuenta años de iguales fatigas, soldados veteranos, acuchillados y aguerridos. -Setenta años -me dijo- he gastado y he criado estas canas -añadió, quitándose una especie de turbante pequeño y negro- asistiendo a estas tareas; pero en ninguna vez de las muchas que se han suscitado estas cuestiones, las he visto tratar con el empeño de hoy.




Nada entendí de todo esto. No puedo comprender qué utilidad pueda sacarse de disputar setenta años una misma cosa sin el gusto, ni aun siquiera la esperanza de aclararla. Y comunicando este lance con don Nuño, me dijo que en su vida había disputado dos minutos seguidos, porque en aquellas cosas humanas en que no cabe la demostración, es inútil la controversia, pues en la vanidad del hombre, su ignorancia y preocupación, todo argumento permanece indeciso, quedando cada argumentante en la persuasión de que su antagonista no entiende la cuestión o no quiere confesarse vencido. Soy del dictamen de Nuño, y no dudo que tú lo fueras si oyeras las disputas literarias de España".