miércoles, 25 de marzo de 2015

Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-El Puerto de Santa María, 1999)[esp], _Baladas y canciones del Paraná_ (1953-54), Canción 8 «Hoy las nubes me trajeron…»

 

Hoy las nubes me trajeron,
volando el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!
Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.
Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.

Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-El Puerto de Santa María, 1999)[esp], _Marinero en tierra_ (1925), «¡Castellanos de Castilla!»

 
    ¡Castellanos de Castilla,
nunca habéis visto la mar!
    ¡Alerta, que en estos ojos
del sur y en este cantar
yo os traigo toda la mar!
    ¡Miradme, que pasa el mar!

             Marinero en tierra (1925)

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-Víznar, Granada, 1936)[esp], _La casa de Bernarda Alba_ (R 1936) (L 1946) -Acto tercero (frag.) «¡Adela! Adela […] ¡Madre, madre!»


Martirio.- (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!

(Aparece Adela. Viene un poco despeinada.) 

Adela
.- ¿Por qué me buscas?

Martirio
.- ¡Deja a ese hombre!

Adela
.- ¿Quién eres tú para decírmelo?

Martirio
.- No es ése el sitio de una mujer honrada.

Adela.- ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!

Martirio
.- (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.

Adela
.- Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.

Martirio
.- Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.

Adela
.- Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.

Martirio
.- Yo no permitiré que lo arrebates. El se casará con Angustias.

Adela
.- Sabes mejor que yo que no la quiere.

Martirio
.- Lo sé.

Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.

Martirio
.- (Desesperada.) Sí.

Adela
.- (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.

Martirio
.- Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.

Adela
.- Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!

Martirio
.- (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!

Adela
.- (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.

Martirio
.- ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)

Adela
.- Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.

Martirio
.- ¡No será!

Adela
.- Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.

Martirio
.- ¡Calla!

Adela
.- Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.

Martirio
.- Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.

Adela
.- No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.

Martirio
.- No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.

Adela
.- Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.

(Se oye un silbido y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante.)

Martirio
.- ¿Dónde vas?

Adela
.- ¡Quítate de la puerta!

Martirio
.- ¡Pasa si puedes!

Adela
.- ¡Aparta! (Lucha.)

Martirio
.- (A voces.) ¡Madre, madre!

Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956)[esp], _La busca_ (1904), Segunda parte, cap. II (frag.)

     
       […]
     De los lados del callejón de entrada subían escaleras de ladrillo a galerías abiertas, que corrían a lo largo de la casa en los tres pisos, dando la vuelta al patio. Abríanse de trecho en trecho, en el fondo de estas galerías, filas de puertas pintadas de azul, con un número negro en el dintel de cada una.
     
     Entre la cal y los ladrillos de las paredes asomaban, como huesos puestos al descubierto, largueros y travesaños, rodeados de tomizas resecas. Las columnas de las galerías, así como las zapatas y pies derechos en que se apoyaban, debían haber estado en otro tiempo pintadas de verde; pero, a consecuencia de la acción constante del sol y de la lluvia, ya no les quedaban más que alguna que otra zona con su primitivo color.

     Hallábase el patio siempre sucio; en su ángulo se levantaba un montón de trastos inservibles, cubiertos de chapas de cinc; se veían telas puercas y tablas carcomidas, escombros, ladrillos, tejas y cestos: un revoltijo de mil diablos. Todas las tardes, algunas vecinas lavaban en el patio, y cuando terminaban su faena vaciaban sus lebrillos en el suelo, y los grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros azules del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier parte la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca del sumidero, se producía un pestilencia insoportable de la corrupción del agua negra que inundaba el patio, sobre la cual nadaban hojas de col y papeles pringosos.
[…]

José Cadalso y Vázquez (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)[esp], _Cartas marruecas_ (1793), «Carta LXXXVIII de Ben-Beley a Gazel (Veo y apruebo […] la moral y la filosofía)»

Veo y apruebo lo que me dices sobre los varios trámites por donde pasan las naciones desde su formación hasta su ruina total. Si cabe algún remedio para evitar la encadenación de cosas que han de suceder a los hombres y a sus comunidades, no creo que lo haya para prevenir los daños de la época del lujo. Este tiene demasiado atractivo para dar lugar a otra cualquiera persuasión; y así, los que nacen en semejantes eras se cansan en balde si pretenden contrarrestar la fuerza de tan furioso torrente. Un pueblo acostumbrado a delicadas mesas, blandos lechos, ropas finas, modales afeminados, conversaciones amorosas, pasatiempos frívolos, estudios dirigidos a refinar las delicias y lo restante del lujo, no es capaz de oír la voz de los que quieran demostrarle lo próximo de su ruina. Ha de precipitarse en ella como el río en el mar. Ni las leyes suntuarias, ni las ideas militares, ni los trabajos públicos, ni las guerras, ni las conquistas, ni el ejemplo de un soberano parco, austero y sobrio, bastan a resarcir el daño que se introdujo insensiblemente.

Reirase semejante nación del magistrado que, queriendo resucitar las antiguas leyes y austeridad de costumbres, castigue a los que las quebranten; del filósofo que declame contra la relajación; del general que hable alguna vez de guerras; del poeta que canta los héroes de la patria. Nada de esto se entiende ni se oye; lo que se escucha con respeto y se ejecuta con general esmero, es cuanto puede completar la ruina universal. La invención de un sorbete, de un peinado, de un vestido y de un baile, es tenido por prueba matemática de los progresos del entendimiento humano. Una composición nueva de una música deliciosa, de una poesía afeminada, de un drama amoroso, se cuentan entre las invenciones más útiles del siglo. A esto reduce la nación todo el esfuerzo del entendimiento humano; a un nuevo muelle de coche, toda la matemática; a una fuente extraña y un teatro agradable, toda la física; a más olores fragantes, toda la química; a modos de hacernos más capaces de disfrutar los placeres, toda la medicina; y a romper los vínculos de parentesco, matrimonio, lealtad, amistad y amor de la patria, toda la moral y filosofía.

Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, fray (Casdemiro, Orense, 1676-Oviedo, 1764)[esp], El duende Hudeguín

  Nuestro famoso abad Juan Tritemio, en la Crónica del Monasterio Hirsaugiense, cuenta que hubo en el obispado de Hildesheim, en Sajonia, un duende celebérrimo llamado Hudeguín. Era conocido en toda la comarca, porque frecuentemente se aparecía, ya a unos, ya a otros, en traje de paisano, y otras veces hablaba y conversaba sin que le viesen; mas su residencia principal era la cocina del obispo de aquella diócesis, donde hacía con muy buena gracia todos los servicios que le encargaban, y se mostraba siempre muy oficioso con los que le trataban con agrado, pero vengativo, cruel, implacable con los que le ofendían.          
       Sucedió que un día un muchacho de los que servían en la cocina le dijo muchas injurias. Quejose Hudeguín del agravio al jefe de cocina, par que le diese satisfacción; viendo que no se hacía caso de su queja, mató a muchacho que le había injuriado, y, dividiendo su cuerpo en trozos, los asó al fuego y esparció por la cocina. Ni aún así se satisfizo con esta crueldad su saña. Cuando había servido antes a los oficiales de la cocina, tanto los molestaba después; y no solo a estos, pero a otros muchos del palacio episcopal y de la ciudad, de modo, que parecía que aquella ofensa le había mudado enteramente la índole.

martes, 10 de marzo de 2015

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, Estados Unidos, 1951)[esp], _La voz a ti debida_ (1933), «Para vivir no quiero»

 

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las
gentes del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
"Yo te quiero, soy yo".


La voz a ti debida (1933)

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-Víznar, Granada, 1936)[esp], _Sonetos del amor oscuro_ (L 1984), «El poeta pide a su amor que le escriba»


 

Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.

lunes, 9 de marzo de 2015

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-Víznar, Granada, 1936)[esp], _Romancero gitano_ (L 1928), «Romance de la pena negra»

A José Moreno Pardo

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

*

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Garcilaso de la Vega (1503-1536)[esp], Égloga I (Frag.) «Corrientes aguas puras, cristalinas»


NEMOROSO

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.

(VEGA, Garcilaso de la: Égloga I [frag.])