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miércoles, 1 de octubre de 2014

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, Rodrigo visita al rey Alfonso


 Salieron, pues, de Valencia, bien aguijón a espolón.
Los caballeros de combate, fuertes, corredores son;
ganóselos don Rodrigo, no se los dio nadie, no.
Camino van del lugar que con el Rey acordó.
Al Cid el Rey don Alfonso un día se adelantó.
Cuando vieron que venía el buen Cid Campeador,
a recibirlo salieron haciéndole un gran honor.
No bien que al Rey hubo visto el que en buena hora nació,
a todos sus caballeros que alto hiciesen les mandó,
sino a aquellos escogidos que quiere de corazón.
Él ha elegido unos quince; con ellos pie a tierra echó.
Según lo había pensado el que en buena hora nació,
de manos y de rodillas sobre la tierra se hincó.
Allí las hierbas del campo con los dientes las mordió;
llorando estaban sus ojos, tal fue el gozo que sintió.
Así sabe someterse ante Alfonso, su señor.
Fue de esta misma manera que a los pies del Rey cayó
—En pie, levantáos, Cid, en pie, Cid Campeador.
Quiero me beséis las manos; no me beséis los pies, no.
Y si esto no hacéis ahora, no volveréis a mi amor.
Las rodillas en el suelo estaba el Campeador:
—A vos, señor natural, a vos os pido favor.
Estando yo de rodillas, así dadme vuestro amor,
que lo puedan oír todos lo que aquí me digáis vos.
Dijo el Rey: —Esto yo haré con mi alma y mi corazón.
Aquí a vos yo os perdono y a vos otorgo mi amor.
Podéis volver a mi reino; parte de él sois desde hoy.


(ANÓNIMO: Cantar de Mio Cid)

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, «El destierro»


            Tañen allí las campanas en San Pedro con clamor.
Escúchanse por Castilla voces diciendo el pregón:
cómo se va de la tierra nuestro Cid Campeador.
Los unos dejan sus casa; otros, bienes y favor.
En este día tan sólo en el puente de Arlanzón
ciento quince caballeros júntanse, y con viva voz
todos piden y preguntan por el Cid Campeador.
Allí Martín Antolínez a todos los recogió.
Vanse todos a San Pedro, donde está el que bien nació. [...]

Seis días de los del plazo se les han pasado ya;
sólo tres quedan al Cid, sabed, que ninguno más.
Y mandó el Rey don Alfonso a nuestro Cid vigilar;
que si después de aquel plazo lo consiguen apresar
ni por oro ni por plata, que no podrían escapar.
El día se va acabando la noche se quiere entrar.
El Cid a sus caballeros los mandó a todos juntar:
—Oíd, varones, lo que digo no os dé por ello pesar.
Aunque es poco lo que traigo, vuestra parte os quiero dar.
Mostraos aquí diligentes, haced lo que es de esperar.
Mañana, a primera hora, cuando esté el día al llegar,
sin que nadie se retrase todos mandáis ensillar.
A maitines en San Pedro tocará este buen Abad.
La misa dará por todos, de la Santa Trinidad.
Una vez la misa dicha, enseguida a cabalgar,
pues el plazo se termina, y queda mucho que andar.
Tal como lo mandó el Cid, dicen que todos lo harán.
La noche ya va pasando, la mañana va a apuntar.
Antes que la noche acabe ya comienza a ensillar.
Las campanas con gran prisa a maitines tocan ya.
Nuestro Cid y su mujer, los dos a la iglesia van.
Echóse doña Jimena en las gradas del altar
y allí ruega al Creador, cuanto mejor sabe orar,
que al Cid, el Campeador, lo libre de todo mal.[...]
Rezadas las oraciones, las misa vino a acabar.
Ya salieron de la iglesia; pronto van a cabalgar.
El Cid a doña Jimena allí la quiere abrazar,
y doña Jimena al Cid la mano le va a besar,
El Cid a sus hijas niñas no se cansa de mirar.[...]
Lloran todos con gran pena, como nunca se vio tal.
Nuestro Cid con sus vasallos ya principia a cabalgar;
esperando a que se junten, la cabeza vuelve atrás.[...]
Allí soltaron las riendas y comenzó a cabalgar,
que pronto se acaba el plazo en que el reino han de dejar.


(ANÓNIMO: Cantar de Mio Cid)

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, «Episodio de Raquel y Vidas»


—Martín Antolínez, [...] he gastado todo el oro y la plata: bien veis que nada traigo conmigo y buena falta me haría para todos los que me siguen. Me lo he de procurar a la fuerza, ya que de voluntad no me lo han de dar. Con vuestro consejo, quiero que construyamos dos arcas y las llenemos de arena de manera que pesen mucho, y sean forradas de cuero labrado y bien claveteadas. [...] Id después a buscarme prontamente a Raquel y a Vidas. “Puesto que me vedan la compra en Burgos y me destierra la ira del rey—les diré—no puedo llevar conmigo mis bienes, que pesan mucho; por lo cual prefiero empeñárselos a un precio razonable. “Llévenseles las arcas de noche, no lo vea nadie. Sólo lo vea y lo juzgue el Criador, con todos los santos; Él sabe que no puedo más, que lo hago forzado.
Martín Antolínez, sin tardar, entra a Burgos, llega el castillo de la ciudad, donde moran los judíos, y pregunta urgentemente por Raquel y Vidas. Juntos estaban Raquel y Vidas haciendo cuentas de sus ganancias, cuando llegó a ellos Martín Antolínez el prudente:
—¿Dónde están Raquel y Vidas, mis queridos amigos? Quisiera hablar con ellos a solas.
Y, en efecto, se apartaron los tres.
—Raquel y Vidas, vengan estas manos en prenda de fidelidad, que no me descubriréis ni a moros ni a cristianos. Quiero haceros ricos para siempre de modo que no paséis más trabajos. Sabed, pues, que el Campeador ha venido por unos tributos y ha cobrado bienes incontables y extraordinarios, reteniendo para sí cuanto había de algún valor, de lo cual ha sido acusado. Tiene llenas de oro fino dos arcas. Sabréis, además que está airado por el rey, y ha tenido que abandonar sus heredades, sus casas y sus palacios. No puede llevarse consigo sus riquezas, porque sería descubierto y desea el buen Campeador dejarlas en vuestras manos, y que le prestéis por la prenda una cantidad razonable. Coged, pues, las arcas, ponedlas en seguro, y prometed y jurad que no las habéis de tocar en todo este año.
Raquel y Vidas se fueron a meditar:
—A nosotros nos importa sacar de todo alguna ventaja. Ya sabíamos, en efecto, que él también ha sacado algo de los bienes que cobró en tierra de moros. Quien mucho dinero acuñado guarda, no duerme tranquilo. Tomemos, pues, estas arcas y guardémoslas donde nadie las huela.
—Pero veamos: ¿cuánto pedirá el Cid, y qué interés nos pagará por todo este año?
Y el prudente Martín Antolínez repuso:
—El Cid les contentará con lo que sea justo; poco pedirá, con tal de dejar en salvo sus riquezas. De todas partes se le vienen a juntar los desheredados, y él necesita unos seiscientos marcos para pagar a su gente.
Y dijeron Raquel y Vidas:
—Los daremos de buena gana.
—Pues mirad que viene la noche, el Cid está deprisa, y necesitamos que nos deis los marcos.
Y dijeron Raquel y Vidas:

—No se hacen así los negocios, sino primero tomando y después dando.
—Conformes —dice Martín Antolínez—. Venid ambos con el ilustre Campeador ahora mismo, y os ayudaremos, como es justo, a acarrear las arcas y ponerlas en seguro, donde moros ni cristianos lo sepan.
Y Raquel y Vidas:
—Bien está. Y una vez aquí las arcas, recibiréis los seiscientos marcos.
Y hete aquí a Martín Antolínez cabalgando muy apresurado en compañía de Raquel y Vidas. Pero no han pasado por el puente; para que no los sientan los de Burgos, cruzan por el agua.
Pronto llegan a la tienda del Campeador; apenas entran, vana besar las manos al Cid. El Cid, sonriente, les habla:
—¡Hola, don Raquel y don Vidas! No os habréis olvidado de mí. Voy desterrado: me ha echado el rey. Se me figura que vais a comprar de lo mío. No pasaréis más trabajo en vuestros días.
Y Raquel y Vidas le besaron las manos. [...]
—Carguen al instante las arcas —dice Martín Antolínez—. Llevadlas, Raquel y Vidal; ponedlas en vuestro secreto. Os acompañaré para que nos deis los marcos convenidos, porque el Cid tiene que marcharse antes que cante el gallo.
¡Vierais qué alegría de cargar las arcas! Aunque forzudos, apenas podían ponerlas sobre el lomo de las bestias. Gozosos estaban Raquel y Vidas con sus riquezas, y ya se daban por opulentos para todos sus días. [...]
Ya se llevaban las arcas Raquel y Vidas, y con ellos entraban en Burgos Martín Antolínez. Cautelosamente llegaron a la posada. Tendieron en mitad de la sala una alfombrilla, y sobre ella una sábana de hilo muy fina y blanca. De una vez contó allí don Martín trescientos marcos de plata, sin pesarlos; y los otros trescientos se los pagaron en oro. Cinco escuderos traía consigo; a todos los carga. Hecho esto, dijo lo que oiréis:
—Ya están en vuestras manos las arcas, amigos Raquel y Vidas. Bien merezco unas calzas en agasajo por lo que os he hecho ganar.
Y Raquel y Vidas se alejaron un poco, hablando entre sí:
 —Démosle algún buen regalo; él nos ha procurado este negocio. ¡Ea, pues! Martín Antolínez, burgalés ilustre, vos lo merecéis y a nosotros pace obsequiaros con que os mandéis hacer unas calzas, rica piel y precioso manto. He aquí, pues, treinta marcos para vos; bien los merecéis, puesto que nos toca, en justicia, ser el fiador de lo que hemos pactado.
Muy agradecido recibió don Martín los marcos, y tras de haberse despedido, salió de la posada. Ya sale de Burgos, ya que cruza el Arlanzón, ya está de nuevo en la tienda del Cid bienhadado. Con los brazos abiertos lo recibe el Cid.
—¿Sois vos, Martín Antolínez, mi fiel vasallo? ¡Ojalá llegue día en que pueda recompensaros lo que habéis hecho!
—Soy yo, Campeador, que traigo buenas nuevas. Vos habéis ganado seiscientos, yo treinta. Mandad recoger la tienda y alejémonos a toda prisa.
(ANÓNIMO: Cantar de Mio Cid)

viernes, 14 de febrero de 2014

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, «Jimena y sus hijas entran en Valencia»



A la madre y a las hijas con fuerza abrazaba
del gozo que sentían ellas y él sollozaban;
todos los guerrerros con tal deleite gozaban.
Oíd lo que decía quien ciñó en buena hora espada:
“Vos, doña Jimena, mujer querida y honrada,
y mis hijas queridas, mi corazón y mi alma,
entrad conmigo en Valencia vuestra casa,
en esta heredad que para vosotros tengo ganada”.
Con gran honra ellas en Valencia entraban.
Adeliñó mio Cid con ellas al alcácer,
allá las subié en el más alto lograr;
ojos bellidos caan a todas partes,
miran Valencia cómo yaze la cibdad.

(ANÓNIMO: Poema de Mio Cid.)

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, ver



Al otro día de mañana el sol quería apuntar
armado está Mio Cid con los hombres que tiene.
Hablaba Mio Cid como oiréis contar:
“Salgamos todos fuera, nadie se ha de quedar;
solo dos en la puerta, pues la deben guardar”
Se ponen los escudos ante los corazones,
abajan las lanzas y también los pendones,
inclinan las caras hacia los arzones:
los iban a herir con bravos corazones.
Con gritos anima el que en buena hora nació:
“¡Heridlos, caballeros, por amor de caridad!;
¡Yo soy Rodrigo Díaz el Cid Campeador de Vivar!”
Atacan por la fila donde Pero Bermúdez está;
con trescientos lanceros todos llevan pendones;
un moro cada uno mató de un solo golpe;
se revuelven y matan otros tantos traidores.
Minaya Albar Fánez mataron el caballo,
pronto lo observan los lanceros cristianos;
tiene la lanza rota y lucha espada en mano;
aunque combate a pie, buenos golpe va dando.
Lo vio Mio Cid Rodrigo Díaz el castellano,
se acercó a un aguacil que tenía un buen caballo,
le dio tal tajo en la espalda con el derecho brazo,
que en dos lo partió y así quedó en el campo.

(ANÓNIMO: Poema del Mio Cid)

jueves, 30 de enero de 2014

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, ver



     Salieron, pues, de Valencia, bien aguijón a espolón.
Los caballeros de combate, fuertes, corredores son;
ganóselos don Rodrigo, no se los dio nadie, no.
Camino van del lugar que con el Rey acordó.
Al Cid el Rey don Alfonso un día se adelantó.
Cuando vieron que venía el buen Cid Campeador,
a recibirlo salieron haciéndole un gran honor.
No bien que al Rey hubo visto el que en buena hora nació,
a todos sus caballeros que alto hiciesen les mandó,
sino a aquellos escogidos que quiere de corazón.
Él ha elegido unos quince; con ellos pie a tierra echó.
Según lo había pensado el que en buena hora nació,
de manos y de rodillas sobre la tierra se hincó.
Allí las hierbas del campo con los dientes las mordió;
llorando estaban sus ojos, tal fue el gozo que sintió.
Así sabe someterse ante Alfonso, su señor.
Fue de esta misma manera que a los pies del Rey cayó
—En pie, levantaos, Cid, en pie, Cid Campeador.
Quiero me beséis las manos; no me beséis los pies, no.
Y si esto no hacéis ahora, no volveréis a mi amor.
Las rodillas en el suelo estaba el Campeador:
—A vos, señor natural, a vos os pido favor.
Estando yo de rodillas, así dadme vuestro amor,
que lo puedan oír todos lo que aquí me digáis vos.
Dijo el Rey: —Esto yo haré con mi alma y mi corazón.
Aquí a vos yo os perdono y a vos otorgo mi amor.
Podéis volver a mi reino; parte de él sois desde hoy.

(ANÓNIMO: Cantar de Mio Cid)

Anónimo medieval de siglo XII, _Poema de Mio Cid_




     Tañen allí las campanas en San Pedro con clamor.
Escúchanse por Castilla voces diciendo el pregón:
cómo se va de la tierra nuestro Cid Campeador.
Los unos dejan sus casa; otros, bienes y favor.
En este día tan sólo en el puente de Arlanzón
ciento quince caballeros júntanse, y con viva voz
todos piden y preguntan por el Cid Campeador.
Allí Martín Antolínez a todos los recogió.
Vanse todos a San Pedro, donde está el que bien nació. [...]

     Seis días de los del plazo se les han pasado ya;
sólo tres quedan al Cid, sabed, que ninguno más.
Y mandó el Rey don Alfonso a nuestro Cid vigilar;
que si después de aquel plazo lo consiguen apresar
ni por oro ni por plata, que no podrían escapar.
El día se va acabando la noche se quiere entrar.
El Cid a sus caballeros los mandó a todos juntar:
—Oíd, varones, lo que digo no os dé por ello pesar.
Aunque es poco lo que traigo, vuestra parte os quiero dar.
Mostraos aquí diligentes, haced lo que es de esperar.
Mañana, a primera hora, cuando esté el día al llegar,
sin que nadie se retrase todos mandáis ensillar.
A maitines en San Pedro tocará este buen Abad.
La misa dará por todos, de la Santa Trinidad.
Una vez la misa dicha, enseguida a cabalgar,
pues el plazo se termina, y queda mucho que andar.
Tal como lo mandó el Cid, dicen que todos lo harán.
La noche ya va pasando, la mañana va a apuntar.
Antes que la noche acabe ya comienza a ensillar.
Las campanas con gran prisa a maitines tocan ya.
Nuestro Cid y su mujer, los dos a la iglesia van.
Echóse doña Jimena en las gradas del altar
y allí ruega al Creador, cuanto mejor sabe orar,
que al Cid, el Campeador, lo libre de todo mal.[...]
Rezadas las oraciones, las misa vino a acabar.
Ya salieron de la iglesia; pronto van a cabalgar.
El Cid a doña Jimena allí la quiere abrazar,
y doña Jimena al Cid la mano le va a besar,
El Cid a sus hijas niñas no se cansa de mirar.[...]
Lloran todos con gran pena, como nunca se vio tal.
Nuestro Cid con sus vasallos ya principia a cabalgar;
esperando a que se junten, la cabeza vuelve atrás.[...]
Allí soltaron las riendas y comenzó a cabalgar,
que pronto se acaba el plazo en que el reino han de dejar.

(ANÓNIMO: Cantar de Mio Cid)


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Anónimo medieval del siglo XII_Poema de Mio Cid, _Poema de Mio Cid_, ver





De los sos ojos          tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça          y estava los catando.
Vio puertas abiertas          e uços sin cañados,
alcandaras vazias          sin piellese sin mantos
e sin falcones          e sin aditores mudados.

Sospiro mio Çid           ca mucho avie grandes cuidados.
Fablo mio Çid          bien e tan mesurado:
“¡Grado a ti, señor,          padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto          mios enemigos malos!”

Mio Çid Ruy Ciaz          por Burgos entrava,
en su campaña          pendones levava.

Exien lo ver          mugieres e varones,
burgeses e burgesas          por las finiestras son,
plorando de los ojos          tanto avien el dolor.
De las sus bocas          todos dizian una razon:
“¡Dios que buen vassalo!          ¡Si oviese buen señor!”

Conbidar le ien de grado          mas ninguno non osava;
el rey don Alfonso          tanto avie la grand saña,
antes de la noche          en Burgos del entro su carta.  


(ANÓNIMO: Poema del Mio Cid)