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jueves, 8 de octubre de 2015

Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1866-Santiago de Compostela, La Coruña, 1936)[esp], _Sonata de otoño_ (1902) (frag.) «Concha me llamaba desde el jardín […] sus mirlos en la mano.»…»

     
 
         Concha me llamaba desde el jardín, con alegres voces. Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al pie de la solana:
       –¿Tienes ahí a Florisel?
       –¿Florisel es el paje?
       –Sí.
       –Parece bautizado por las hadas.
       –Yo soy su madrina. Mándamelo.
       –¿Qué le quieres?
       –Decirle que te suba estas rosas.
     Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos:
       –Todas son para ti. Estoy desnudando el jardín.
      Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las risas y los madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche. Bajo el cielo límpido, de azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se habían deshojado en su falda, y me las mostró sonriendo:
       –¡Míralas qué lástima!
       Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas.
       –¡Ah, qué fragancia!
      Yo le dije sonriendo:
       –¡Tu divina fragancia!
      Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en luz como diáfana veste de oro, parecía una Madona soñada por un monje seráfico. Yo bajé a reunirme con ella. Cuando descendía la escalinata, me saludó arrojando como una lluvia de rosas deshojadas de su falda. Recorrimos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono. Cocha me dijo:
       –Descansemos aquí.
      Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchas de musgo, y un sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano.


 

domingo, 12 de enero de 2014

Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1866-Santiago de Compostela, La Coruña, 1936)[esp], _Luces de bohemia_ (1920), escena duodécima


ESCENA DUODÉCIMA

Rinconada en costanilla y una iglesia barroca por fondo. Sobre las campanas negras, la luna clara. DON (LATINO y MAX ESTRELLA filosofan sentados en el quicio de la puerta…)

MAX. ¿Debe estar amaneciendo?

DON LATINO. Así es.

MAX. ¡Y qué frío!

DON LATINO. Vamos a dar unos pasos.

MAX. Ayúdame, que no puedo levantarme. ¡Estoy aterido!

DON LATINO. ¡Mira que haber empeñado la capa!

MAX. Préstame tu carrik, Latino.

DON LATINO. ¡Max, eres fantástico!

MAX. Ayúdame a ponerme en pie.

DON LATINO. ¡Arriba, carcunda!

MAX. ¡No me tengo!

DON LATINO. ¡Qué tuno eres!

MAX. ¡Idiota!

DON LATINO. ¡La verdad es que tienes una fisonomía algo rara!

MAX. ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO. Una tragedia, Max.

MAX. La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO. ¡Pues algo será!

MAX. El esperpento.

DON LATINO. No tuerzas la boca, Max.

MAX. ¡Me estoy helando!

DON LATINO. Levántate. Vamos a caminar.

MAX. No puedo.

DON LATINO. Deja esa farsa. Vamos a caminar.

MAX. Como te has convertido en buey, no podía reconocerte. Échame el aliento, ilustre buey del pesebre belenita. ¡Muge, Latino! Tú eres el cabestro, y si muges vendrá el Buey Apis. Le torearemos.

DON LATINO. Me estás asustando. Debías dejar esa broma.

MAX. Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.

DON LATINO. ¡Estás completamente curda!

MAX. Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

DON LATINO. ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

MAX. España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO. ¡Pudiera! Yo me inhibo.

MAX. Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

DON LATINO. Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.

MAX. Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.

DON LATINO. ¿Y dónde está el espejo?

MAX. En el fondo del vaso.

DON LATINO. ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!

MAX. Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos dejorma las caras y toda la vida miserable de España.

DON LATINO. No tuerzas la boca.

MAX. Es nervioso. ¡ni me entero!

DON LATINO. ¡te traes una guasa!

MAX. Préstame tu carrik.

DON LATINO. ¡Mira cómo me he quedado de un aire!

MAX. No me siento las manos y me duelen las uñas. ¡estoy muy malo!

DON LATINO. Quieres conmoverme, para luego tomarme la coleta.

MAX. Idiota, llévame a la puerta de mi casa y déjame morir en paz.

DON LATINO. La verdad sea dicha, no madrugan en nuestro barrio.

MAX. Llama.

(VALLE INCLÁN, Ramón María : Luces de Bohemia )


Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1866-Santiago de Compostela, La Coruña, 1936)[esp], _Tirano Banderas_ (1926), Cap. III




     El Generalito acaba de llegar con algunos batallones de indios, después de haber fusilado a los insurrectos de Zamalpoa: Inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en una remota ventana, atento al relevo de guardias en la campa barcina del convento, parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo. En el Perú había hecho la guerra a los españoles, y de aquellas campañas veníale la costumbre de rumiar la boca, por donde en las comisuras de los labios tenía siempre una salivilla de verde veneno. Desde la remota ventana, agaritado en una inmovilidad de corneja sagrada, está mirando las escuadras de indios, soturnos en la cruel indiferencia del dolor y de la muerte. A lo largo de la formación, chinitas y soldaderas haldeaban corretonas, huroneando entre las medallas y las migas del faltriquero la pitada de tabaco y los cobres para el coime. Un globo de colores se quemaba en la turquesa celeste, sobre la campa invadida por la sombra morada del convento. Algunos soldados, indios comaltes de la selva, levantaban los ojos. Santa Fe celebraba sus famosas ferias de Santos y Difuntos. Tirano Banderas, en la remota ventana, era siempre el garabato de un lechuzo.

(VALLE-INCLÁN, Ramón María del: Tirano Banderas)