domingo, 29 de septiembre de 2013

Félix María de Samaniego (1745-1801)[esp], Fábulas (L 1781 y 1784), «Los dos conejos»

                                      (No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.)


Por entre unas matas,
seguido de perros
(no diré corría),
volaba un conejo

De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: “Tente, amigo:
¿Qué es esto?
 
- ¿Qué ha de ser? responde:
sin aliento llego ...
Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo.
 
- Sí (replica el otro),
por allí los veo...
Pero no son galgos.
-¿Pues qué son? – Podencos.
 
-¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos,
bien vistos los tengo.
 
-Son podencos: vaya,
que no entiendes de eso.
-Son galgos te digo.
-Digo que podencos.
 
En esta disputa,
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
 
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévese este ejemplo.


Félix María de Samaniego (1745-1801)[esp], Fábulas (L 1781 y 1784), «La zorra y el busto»

Dijo la zorra al busto
             después de olerlo:
             -Tu cabeza es hermosa,
             pero… sin seso.
             Como éste hay muchos,
            que aunque parecen hombres
             sólo son bustos.


Félix María de Samaniego (1745-1801)[esp], Fábulas (L 1781 y 1784), «Las moscas»

     A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que, por golosas, murieron
presas de patas en él.
    Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
    Así, si bien se examina,
 los humanos corazones
 perecen en las prisiones
 del vicio que los domina.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)[esp], _Memoria sobre educación pública_ (frag.) «Y bien: si toda […] a la arbitrariedad»

     "Y bien: si toda la riqueza de la sabiduría está encerrada en las letras, si a tantos y tan preciosos bienes da derecho el conocimiento de ellas, ¿cuál será el pueblo que no mire como una desgracia el que este derecho no se extienda a todos los individuos? ¿Y de cuánta instrucción no se priva el Estado que le niega la mayor porción de ellos? Y, en fin, ¿cómo es que, cuidándose tanto de multiplicar los individuos que concurren al aumento del trabajo, porque el trabajo es la fuente de la riqueza, no se ha cuidado igualmente de multiplicar los que concurren al aumento de la instrucción, sin la cual ni el trabajo se perfecciona, ni la riqueza se adquiere, ni se puede alcanzar ninguno de los bienes que constituyen la pública felicidad?

     Esta reflexión me lleva a otra, que no pasaré en silencio, porque mi propósito es persuadir la necesidad de la instrucción pública, y nada debo omitir de cuando conduzca a él Obsérvese que la utilidad de la instrucción, considerada políticamente, no tanto proviene de la suma de conocimientos, cuanto de su buena distribución. Puede una nación tener algunos, o muchos y muy eminentes sabios, mientras la gran masa de su pueblo yace en la más eminente ignorancia. Ya se ve que en tal estado de instrucción será de poca utilidad, porque siendo ella hasta cierto punto necesaria a todas las clases, los individuos de las que son productivas y más útiles serán ineptos para sus respectivas profesiones, mientras sus sabios compatriotas se levantan a las especulaciones más sublimes. Y así, vendrá a suceder que, en medio de una esfera de luz y sabiduría, la agricultura, la industria y la navegación, fuentes de la prosperidad `pública, yacerán en las tinieblas de la ignorancia.

     Y he aquí lo que más recomienda la necesidad del estudio de las primeras letras. Ellas solas pueden facilitar a todos y cada uno de los individuos de un Estado aquella suma de instrucción que a su condición o profesión fuere necesaria. Mallorquines, si deseáis el bien de vuestra patria, abrid a todos sus hijos el derecho de instruirse, multiplicad las escuelas de primeras letras; no haya pueblo, no haya rincón donde los niños, de cualquier clase y sexo que sean, carezcan de este beneficio; perfeccionad estos establecimientos, y habréis dado un gran paso hacia el bien y gloria de esta preciosa isla.

     Bien sé que este ramo de enseñanza debe estar separado de la institución pública que dejo indicada. Las primeras letras reclaman muchas escuelas segregadas y dispersas por toda vuestra isla; tal vez para la capital no bastará una ni dos; pero hay un medio de enlazarlas todas con aquel principal establecimiento. Estén todas bajo su dirección, pertenezcan a él todos sus maestros, sea él quien los nombre y examine, y de él reciban métodos, libros y máximas de enseñanza. Así se establecerá aquella unidad moral que es tan necesaria para que todos los métodos de instrucción se uniformen y conduzcan a un mismo fin, y para que las primeras letras, cimiento y base de toda buena educación pública, no estén abandonadas a la ignorancia, al descuido o a la arbitrariedad".




José Cadalso y Vázquez (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)[esp], _Cartas marruecas_ (1793), «Carta XXIII (Hay hombres […] literarias de España»

Hay hombres en este país que tienen por oficio el disputar. Asistí últimamente a unas juntas de sabios que llaman Conclusiones. Lo que son no lo sé, ni lo que dijeron, ni sé si se entendieron; ni sé si se reconciliaron, después, o si se quedaron en el rencor que se manifestaron delante de una infinidad de gentes, de las cuales ni un hombre se levantó para apaciguarlos, no obstante el peligro en que estaban de darse puñaladas, según los gestos que se hacían y las injurias que se decían; antes los indiferentes estaban mirando con mucho sosiego, y aun con gusto la quimera de los adversarios. Uno de ellos, que tenía más de dos varas de alto, casi otras tantas de grueso, fuertes pulmones, voz de gigante y ademanes de frenético, defendió por la mañana que una cosa era negra, y a la tarde que era blanca. Lo celebré infinito, pareciéndome esto un efecto de docilidad poco común entre los sabios; pero desengañeme, cuando vi que los mismos que por la mañana se habían opuesto con todo su brío, que no era corto, a que la tal cosa fuese negra, se oponían igualmente por la tarde a que la misma fuese blanca. Y un hombre grave, que se sentó a mi lado, me dijo que esto se llamaba defender una cosa problemáticamente; que el sujeto que estaba luciendo su ingenio problemático era un mozo de muchas prendas y grandes esperanzas; pero que era, como si dijéramos, su primera campaña, y que los que le combatían eran ya hombres hechos a esas contiendas con cincuenta años de iguales fatigas, soldados veteranos, acuchillados y aguerridos. -Setenta años -me dijo- he gastado y he criado estas canas -añadió, quitándose una especie de turbante pequeño y negro- asistiendo a estas tareas; pero en ninguna vez de las muchas que se han suscitado estas cuestiones, las he visto tratar con el empeño de hoy.




Nada entendí de todo esto. No puedo comprender qué utilidad pueda sacarse de disputar setenta años una misma cosa sin el gusto, ni aun siquiera la esperanza de aclararla. Y comunicando este lance con don Nuño, me dijo que en su vida había disputado dos minutos seguidos, porque en aquellas cosas humanas en que no cabe la demostración, es inútil la controversia, pues en la vanidad del hombre, su ignorancia y preocupación, todo argumento permanece indeciso, quedando cada argumentante en la persuasión de que su antagonista no entiende la cuestión o no quiere confesarse vencido. Soy del dictamen de Nuño, y no dudo que tú lo fueras si oyeras las disputas literarias de España".

Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, fray (Casdemiro, Orense, 1676-Oviedo, 1764)[esp], _Cartas eruditas y curiosas_ (1741-1760), -«Concédese que[…]voces para todo»

      Concédese que, por lo común, es vicio del estilo la introducción de voces nuevas o extrañas en el idioma propio. Pero ¿por qué? Porque hay muy pocas manos que tengan la destreza necesaria para hacer esa mezcla. Es menester para ello un tino sutil, un discernimiento delicado. Supongo que no ha de haber afectación, que no ha de haber exceso. Supongo también que es lícito el uso de voz de idioma extraño, cuando no hay equivalente en el propio; de modo que, aunque se pueda explicar lo mismo con el complejo de dos o tres voces domésticas, es mejor hacerlo con una sola, venga de donde viniere. Por este motivo, en menos de un siglo se han añadido más de mil voces latinas a la lengua francesa y otras tantas, y muchas más, entre latinas y francesas, a la castellana. Yo me atrevo a señalar en nuestro nuevo diccionario más de dos mil de las cuales ninguna se hallará en los autores españoles que escribieron antes de empezar el pasado siglo. Si tantas adiciones hasta ahora fueron lícitas, ¿por qué no lo serán otras ahora? Pensar que ya la lengua castellana u otra alguna del mundo tiene toda la extensión posible o necesaria, sólo cabe en quien ignora que es inmensa la amplitud de las ideas, para cuya expresión se requieren distintas voces.

      Los que a todas las peregrinas niegan la entrada en nuestra locución, llaman a esta austeridad pureza de la lengua castellana. Es cosa vulgarísima nombrar las cosas como lo ha menester el capricho, el error o la pasión. ¡Pureza! Antes se deberá llamar pobreza, desnudez, miseria, sequedad. He visto autores franceses de muy buen juicio que con irrisión llaman puristas a los que son rígidos en esta materia, especie de secta en línea de estilo, como la hay de puritanos en punto de religión.

      No hay idioma alguno que no necesite del subsidio de otros, porque ninguno tiene voces para todo.