Entremos en la catedral; flamante, blanca,
acabada de hacer está. En un ángulo, junto a la capilla en que se venera la Virgen de la Quinta Angustia,
se halla la puertecilla del campanario. Subamos a la torre; desde lo alto se
divisa la ciudad toda y la campiña. Tenemos un maravilloso, mágico catalejo:
descubriremos con él hasta los detalles más diminutos. Dirijámoslo hacia la
lejanía; allá, por los confines del horizonte, sobre unos lomazos redondos, ha
aparecido una manchita negra; se remueve, levanta una tenue polvareda, avanza.
Un tropel de escuderos, lacayos y pajes es, que acompaña a un noble señor. El
caballero marcha en el centro de su servidumbre; ondean al viento las plumas
multicolores de su sombrero; brilla el puño de la espada; fulge sobre su pecho
una firmeza de oro. Vienen todos a la ciudad; bajan ahora de las colinas y
entran en la vega. Cruza; la vega un río: sus aguas son rojizas y lentas; ya
sesga en suaves meandros; ya se embarranca en hondas hoces. Crecen los árboles
tupidos en el llano. La arboleda se ensancha y asciende por las alturas
inmediatas. Una ancha vereda —parda entre la verdura— parte de la ciudad y sube
por la empinada montaña de allá lejos. Esa vereda lleva los rebaños del pueblo,
cuando declina el otoño, hacia las cálidas tierras de Extremadura. Ahora las
mesetas vecinas, la llanada de la vega, los alcores que bordean el río, están
llenos de blancos carneros que sobre las praderías forman como grandes copos de
nieve.
De la lana y el cuero vive la diminuta ciudad.
En las márgenes del río hay un obraje de paños y unas tenerías. A la salida del
pueblo —por la Puerta
Vieja— se desciende hasta el río; en esa cuesta están las
tenerías. Entre las tenerías se ve una casita medio caída, medio arruinada;
vive en ese chamizo una buena ¿vieja —llamada Celestina— que todas las mañanas
sale con un jarrillo desbocado y lo trae lleno de vino para la comida, y que
luego va de casa en casa, en la ciudad, llevando agujas, gorgueras, garvines,
ceñideros y otras bujerías para las mozas. En el pueblo los oficiales de mano
se agrupan en distintas callejuelas; aquí están los tundidores, perchadores,
cardadores, arcadores, perailes; allá, en la otra, los correcheros,
guarnicioneros, boteros, chicarreros. Desde que quiebra el alba, la ciudad
entra en animación; cantan los perailes los viejos romances de Blancaflor y del
Cid —como cantan los cardadores de Segovia en la novela El donado hablador—;
tunden los paños los tundidores; córtanle con sutiles tijeras el pelo los
perchadores; cardan la blanca lana los cardadores; los chicarreros trazan y
cosen zapatillas y chapines; embrean y trabajan las botas y cueros en que se ha
de encerrar el vino y el aceite los boteros. Ya se han despernado las monjas de
la pequeña monjía que hay en el pueblo; ya
tocan las campanitas cristalinas. Luego, cuando avance el día, estas
monjas saldrán de su convento, devanearán por la ciudad, entrarán y saldrán en
las casas de los hidalgos, pasarán y tornarán a pasar por las calles. Todos los
oficiales trabajan en las puertas y en los zaguanes. Cuelga de la puerta de
esta tiendecilla la imagen de un cordero; de la otra, una olla; de la de más
allá, una estrella. Cada mercader tiene su distintivo. Las tiendas son
pequeñas, angostas, lóbregas.
A los cantos de los perailes se mezclan en
estas horas de la mañana las salmodias de un ciego rezador. Conocido es en la
ciudad; la oración del Justo Juez, la de San Gregorio y otras muchas va
diciendo por las casas con voz sonora y lastimera; secretos sabe para toda
clase de dolores y trances mortales; un muchachuelo le conduce: la malicia y la
inteligencia brillan en los ojos del mozuelo. En las tiendecillas se ven las
caras finas de los judíos. Pasan por las callejas los frailes con sus estameñas
blancas o pardas. La campana de la catedral lanza sus largas campanadas. Allá,
en la orilla del río, unas mujeres lavan y carmenan la lana.
(Se ha descubierto un nuevo mundo; sus tierras
son inmensas: hay en él bosques formidables, ríos anchurosos, montañas de oro,
hombres extraños, desnudos y adornados con plumas. Se multiplican en las
ciudades de Europa las imprentas; corren y se difunden millares de libros. La
antigüedad clásica ha renacido; Platón y Virgilio han vuelto al mundo. Florece
el tronco de la vieja humanidad.)
En la plaza de la ciudad se levanta un caserón
de piedra; cuatro grandes balcones se abren en la fachada. Sobre la puerta
resalta un recio blasón. En el primer balcón de la izquierda se ve sentado en
un sillón un hombre; su cara está pálida, exangüe, y remata en una barbita
afilada y gris. Los ojos de este caballero están velados por una profunda
tristeza; el codo lo tiene el caballero puesto en el brazo del sillón y su
cabeza descansa en la palma de la mano...
* * *
Le sucede algo al catalejo con que estábamos
observando la ciudad y la campiña. No se divisa nada; indudablemente se ha
empañado el cristal. Limpiémosle. Ya está claro; tornemos a mirar. Los bosques
que rodeaban la ciudad han desaparecido. Allá, por aquellas lomas redondas que
se recortan en el cielo azul, en los confines del horizonte, ha aparecido una
manchita negra; se remueve, avanza, levanta una nubecilla de polvo. Un coche
enorme, pesado, ruidoso, es; todos los días, a esta hora, surge en aquellas colinas,
desciende por las suaves laderas, cruza la vega y entra en la ciudad. Donde
había un tupido boscaje, aquí en la llana vega, hay ahora trigales de regadío,
huertos, herrenales, cuadros y emparrados de hortalizas; en las caceras,
azarbes y landronas que cruzan la llanada, brilla el agua que se reparte por
toda la vega desde las represas del río. El río sigue su curso manso como
antaño. Ha desaparecido el obraje de paños que había en sus orillas; quedan las
aceñas que van moliendo las maquilas como en los días pasados. En la cuesta que
asciende hasta la ciudad, no restan más que una o dos tenerías; la mayor parte
del año están cerradas. No encontramos ni rastro de aquella casilla medio
derrumbada en que vivía una vieja que todas las mañanas salía a por vino con un
jarrico y que iba de casa en casa llevando chucherías para vender.
En la ciudad no cantan los perailes. De los
oficios viejos del cuero y de lana, casi todos han desaparecido; es que ya por
la ancha y parda vereda que cruza la vega no se ve la muchedumbre de ganados
que antaño, al declinar el otoño, pasaban a Extremadura. No quedan más que
algunos boteros en sus zaguanes lóbregos; en las callejas altas, algún viejo telar
va marchando todavía con su son rítmico. La ciudad está silenciosa; de tarde en
tarde pasa un viejo rezador que salmodia la oración del Justo Juez. Los
caserones están cerrados. Sobre las tapias de un jardín surgen las cimas
agudas, rígidas, de dos cipreses. Las campanas de la catedral lanzan —como hace
tres siglos— sus campanadas lentas, solemnes, clamorosas. (Una tremenda
revolución ha llenado de espanto al mundo; millares de hombres han sido
guillotinados; han subido al cadalso un rey y una reina. Los ciudadanos se
reúnen en parlamentos. Han sido votados y promulgados unos códigos en que se
proclama que todos los humanos son libres e iguales. Vuelan por todo el planeta
muchedumbre de libros, folletos y periódicos.)
En el primero de los balcones de la izquierda,
en la casa que hay en la plaza, se divisa un hombre. Viste una casaca
sencillamente bordada. Su cara es redonda y está afeitada pulcramente. El
caballero se halla sentado en un sillón; tiene el codo puesto en uno de los
brazos del asiento y su cabeza reposa en la palma de la mano. Los ojos del caballero
están velados por una profunda, indefinible tristeza...
***
Otra vez se ha empañado el cristal de nuestro
catalejo; nada se ve. Limpiémoslo. Ya está; enfoquémoslo de nuevo hacia la
ciudad y el campo. Allá en los confines del horizonte, aquellas lomas que
destacan sobre el cielo diáfano, han sido como cortadas con un cuchillo. Los
rasga una honda y recta hendidura; por esa hendidura, sobre el suelo, se ven
dos largas y brillantes barras de hierro que cruzan una junto a otra,
paralelas, toda la campiña. De pronto aparece en el costado de las lomas una
manchita negra: se mueve, adelanta rápidamente, va dejando en el cielo un largo
manchón de humo. Ya avanza por la vega. Ahora vemos un extraño carro de hierro
con una chimenea que arroja una espesa humareda, y detrás de él una hilera de
cajones negros con ventanitas; por las ventanitas se divisan muchas caras de
hombres y mujeres. Todas las mañanas surge en la lejanía este negro carro con
sus negros cajones, despide penachos de humo, lanza agudos silbidos, corre
vertiginosamente y se mete en uno de los arrabales de la ciudad.
El río se desliza manso, con sus aguas
rojizas; junto a él —donde antaño estaban los molinos y el obraje de paños— se
levantan dos grandes edificios; tienen una elevadísima y sutil chimenea;
continuamente están llenando de humo denso el cielo de la vega. Muchas de las
callejas del pueblo han sido ensanchadas; muchas de aquellas callejitas que
serpenteaban en entrantes y salientes —con sus tiendecillas— son ahora amplias
y rectas calles donde el sol calcina las viviendas en verano y el vendaval frío
levanta cegadoras tolvaneras en invierno. En las afueras del pueblo, cerca de la Puerta Vieja, se ve
un edificio redondo, con extensas graderías llenas de asientos, y un círculo
rodeado de un vallar de madera en medio. A la otra parte de la* ciudad se
divisa otra enorme edificación, con innumerables ventanitas: por la mañana, a
mediodía, por la noche parten de ese edificio agudos, largos, ondulantes sones
de cornetas. Centenares de lucecitas iluminan la ciudad durante la noche: se
encienden y se apagan ellas solas.
(Todo el planeta está cubierto de una red de
vías férreas; caminan veloces por ellas los trenes; otros vehículos —también
movidos por sí mismos— corren vertiginosos por campos, ciudades y montañas. De
nación a nación se puede transmitir la voz humana. Por los aires, etéreamente,
de continente a continente, van los pensamientos del hombre. En extraños
aparatos se remonta el hombre por los cielos; a los senos de los mares
desciende en unas raras naves y por allí marcha; de las procelas marinas, antes
espantables, se ríe ahora subido en gigantescos barcos. Los obreros de todo el
mundo se tienden las manos por encima de las fronteras.)
En el primer balcón de la izquierda, allá en
la casa de piedra que está en la plaza, hay un hombre sentado. Parece abstraído
en una profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el
caballero, sentado, con el codo puesto en uno de los brazos del sillón y la
cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos...
* * *
¡Eternidad, insondable eternidad del dolor!
Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas
transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá
un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le
podrán quitar el dolorido sentir.