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jueves, 2 de octubre de 2014

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 1547-Madrid, 1616)[esp], _El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha_ (1605), cap. XXXIII "El curioso impertinente" (frag.) «En Florencia […] esquiveza»


En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y tan amigos, que, por excelencia y antonomasia, de todos los que conocían los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con recíproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que Anselmo era algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que Lotario, al cual llevaban tras sí los de la caza; pero cuando se ofrecía, dejaba Anselmo de acudir a sus gustos, por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos, por acudir a los de Anselmo; y desta manera, andaban tan a una sus voluntades, que no había concertado reloj  que así lo anduviese.
Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la misma ciudad, hoja de tan buenos padres y tan buena ella pos sí, que se determinó, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa hacía, de pedirla por esposa a sus padres, y así lo puso en ejecución; y el que llevó la embajada fue Lotario, y el que concluyó  el negocio, tan a gusto de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba, y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le había venido. Los primeros días, como todos los de bodas suelen ser alegres, continuó Lotario como solía la casa de su amigo Anselmo, procurando honrarle, festejarle y regocijarle con todo aquello que a él le fue posible; pero acabadas las bodas, y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes, comenzó Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo, por parecer a él (como es razón a que parezca a todos los que fuere discretos) que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque aunque la buena y verdadera amistad no puede ni de debe ser sospechosa en nada, con todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede ofender aun de los mismos hermanos, cuanto más de los amigos.
Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó de él quejas grandes, diciéndole que si él supiera que el casarse había de ser parte para no comunicarle como solía, que jamás lo hubiera hecho; y que si, por la buena correspondencia que los dos tenían mientras él fue soltero, habían alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no permitiese, por querer hacer el circunspecto, sin otra ocasión alguna, que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y aquí, le suplicaba, si era lícito que tal término de hablar se usase entre ellos, que volviese a ser señor de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes, asegurándole que su esposa Camila no tenía otro gusto ni otra voluntad que la que él quería que tuviese, y que por haber sabido ella con cuántas veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en él tanta esquiveza.


(CERVANTES, Miguel de: El Quijote El curioso impertinente”)

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 1547-Madrid, 1616)[esp], _El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_ (1605), cap. XXVII, Ovillejos «¿Quién menoscaba mis bienes?...»


¿Quién menoscaba mis bienes?
       Desdenes.
¿Y quién aumenta mis duelos?
       Los celos.
¿Y quién prueba mi paciencia?
       Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
       Amor.
¿Y quién mi gloria repugna?
       Fortuna.
¿Y quién consiente en mi duelo?
       El cielo.
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan en mi daño
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
       La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
       Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
       Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión,
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.

                                                     (CERVANTES, Miguel De: Don Quijote de la Mancha, I, cap XXVII, ovillejos)

miércoles, 29 de enero de 2014

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 1547-Madrid, 1616)[esp], _El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha_ (1605), cap. XXXII (frag.) «Y como el cura dijese […] que quitan el juicio»



Y como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:
—No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres de ellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros. Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre ha algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas; a lo menos de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estas oyéndolos noches y días.
Después de hablar el ventero con entusiasmo de algunas peripecias de los libros de caballería sigue el siguiente diálogo:
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
—Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte del Quijote.
—Así me parece a mí—respondió Cardenio—, porque, según da inicio, él tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.
—Mirad, hermano—tornó a decir el cura—, que no hubo en el mundo Felixmarte de Hircania, ni don Cirolingio de Tracia, ni otros caballeros semejantes que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores. Porque realmente os juro nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él.
—¡A otro perro con ese hueso!—respondió el ventero—. ¡Como si yo no supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que quisiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sean disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta y tantas batallas y tantos encantamientos que quitan el juicio!
(CERVANTES, Miguel de: Don Quijote de la Mancha)

martes, 4 de septiembre de 2012

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 1547-Madrid, 1616)[esp], «Al túmulo de Felipe II en Sevilla»-«Voto a Dios que me espanta...»


Voto a Dios, que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo. ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado,
la gloria donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón y dijo: es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado,
y el que dijere lo contrario, miente.

Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Miguel de Cervantes Saavedra, "A un valentón"

Un valentón de espátula y gregüesco,
que a la muerte mil vidas sacrifica,
cansado del oficio de la pica
mas no del ejercicio picaresco;

retorciendo el mostacho soldadesco,
por ver que ya su bolsa le repica,
a un corrillo llegó de gente rica,
y en el nombre de Dios pidió refresco.

Den voacedes, por Dios, a mi pobreza,
les dice: donde no, por ocho santos
que haré lo que hacer suelo sin tardanza.

Mas uno que a sacar la espada empieza,
¿con quién habla, le dijo, el tiracantos?
¡Cuerpo de Dios con él y su crianza!

Si limosna no alcanza,
¿qué es lo que suele hacer en tal querella?
Respondió en bravonel: «Irme sin ella.»