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domingo, 2 de febrero de 2014

Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-Valladolid, 2010)[esp], _Las ratas_ (1962), Cap. 10 (frag.) «Al salir la maraña […] su único ojo agradecido.»



Al salir de la maraña con el ojo herido gañía tenuemente. El tío Ratero dijo: «No sirve ya; está vieja». Y el niño la tomó en sus brazos y pasó la noche aplicándole compresas de áloe y pimienta. A la mañana siguiente, le bañó el ojo con jugo de ciruela, pero todo resultó inútil; la perra quedó tuerta con una expresión extraña en la cara entre pícara y taciturna.
Por San Juan de Ante Portam Latinam parió la perra; echó seis cachorrilos moteados y uno de pelaje canela. El Nini bajó donde el Centenario a darle la buena nueva.
—Ya somos parientes, ¿no?—le dijo el viejo.
—¿Parientes, señor Rufo?
—A ver. ¿No son cachorros del Duque y de tu perra?
—Sí.
—Pues entonces.
El niño no se habituaba ahora a la soledad. Echaba en falta a la perra, a su lado. Cada vez que salía de la cueva, el animalillo lo seguía con la vista dudando entre abandonarle a él o abandonar a sus crías. Una tarde, al regresar de sus correrías la encontró aullando lastimeramente. Bajo ella, oculto entre las ubres, jugueteaba solitario el cachorro canela. El Ratero le dijo con una sonrisa maliciosa;
—Este ve bien.
El Nini lo miró sin responderle. Agregó el tío Ratero:
—Tiene los ojos bien listos.
El niño vacilaba:
—¿Y los otros?—dijo al fin.
—¿Los otros?
—¿Dónde los puso?
En la cara del tío Ratero se dibujó una mueca entre estúpida y socarrona.
—¿Dónde? Por ahí.
La perra gañía a su lado y el Nini tomó el cachorro en sus brazos y salió de la cueva. La Fa lo precedía rastreando en la cárcava, atravesó el camino, y por la linde del trigal se llegó al prado, levantó el hocico al viento y al cabo, sin vacilar, se dirigió al río en línea recta. Una vez allí se alebró, la cabeza gacha, como entregada. Entonces divisó el Nini entre las espadañas el primer cachorro. Uno a uno recuperó los seis cadáveres y allí mismo, en el prado, cavó una hoya profunda y los enterró. Al concluir puso una cruz de palo sobre el montón de tierra y la Fa se ovilló a su lado, mirándolo apagadamente, con su único ojo agradecido.
(DELIBES, Miguel: Las ratas)



lunes, 13 de enero de 2014

Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-Valladolid, 2010)[esp], _El camino_ (1950), Cap. I (frag.) «Las cosas podían […] o poco prácticas»




Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba...

Su padre entendía que esto era progresar; Daniel, el Mochuelo, no lo sabía exactamente. El que él estudiase el Bachillerato en la ciudad no podía ser, a la larga, efectivamente, un progreso. Ramón, el hijo del boticario, estudiaba ya para abogado en la ciudad, y cuando les visitaba, durante las vacaciones, venía empingorotado como un pavo real y les miraba a todos por encima del hombro; incluso al salir de misa los domingos y fiestas de guardar, se permitía corregir las palabras que don José, el cura, que era un gran santo, pronunciara desde el púlpito. Si esto era progresar, el marcharse a la ciudad a iniciar el Bachillerato, constituía, sin duda, la base de este progreso.

Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas en la cabeza a este respecto. Él creía saber cuanto puede saber un hombre. Leía de corrido, escribía para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro reglas. Bien mirado, pocas cosas más cabían en un cerebro normalmente desarrollado. No obstante, en la ciudad, los estudios de Bachillerato constaban, según decía, de siete años y, después, los estudios superiores, en la Universidad, de otros tantos años, por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo conocimiento exigiera catorce años de esfuerzo, tres más de los que ahora contaba Daniel? Seguramente, en la ciudad se pierde mucho tiempo -pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era así de rara, absurda y caprichosa. El caso era trabajar y afanarse en las cosas inútiles o poco prácticas.

(DELIBES, Miguel: El camino)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-Valladolid, 2010)[esp], _El camino_ (1950), Cap XXI (frag.) «No obstante, el convencimiento […] rematadamente mal»



No obstante, el convencimiento de una inmediata separación le desasosegaba, aliviando la fatiga de sus párpados. Dentro de dos horas, quizá menos, él diría adiós al valle, se subiría en un tren y escaparía a la ciudad lejana para empezar a progresar. Y sentía que su marcha hubiera de hacerse ahora, precisamente ahora que el valle se endulzaba con la suave melancolía del otoño y que a Cuco, el factor, acaban de uniformarle con una espléndida gorra roja. Los grandes cambios raras veces resultan oportunos y consecuentes con nuestro peculiar estado de ánimo.

A Daniel el Mochuelo le dolía esta despedida como nunca sospechara. Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. no le interesaba el progreso. El progreso, en verdad, no le importaba un ardite.  Y, en cambio, le importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los prados y los maizales parcelados; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente del Chorro; y el corro de los bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales; y el gato de la Guindilla; y el agrio olor de las encellas sucias; y la formación pausada y solemne y plástica de una boñiga , [...] Sin embargo todo había que dejarlo por el progreso. Él no tenía aún autonomía ni capacidad de decisión. El poder de decisión le llega al hombre cuando ya no le hace falta para nada; cuando ni un sólo día puede dejar de guiar un carro o picar piedra si no quiere quedarse sin comer- ¿Para qué valía, entonces la capacidad de decisión de un hombre, si puede saberse? La vida era el peor tirano conocido. Cuando la vida le agarra a uno, sobra todo poder de decisión. En cambio, él todavía estaba en condiciones de decidir, pero como solamente tenía once años, era su padre quien decidía por él. ¿Por qué, Señor, por qué el mundo se organizaba tan rematadamente mal?


(DELIBES, Miguel: El camino )