viernes, 13 de diciembre de 2013

Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956)[esp], _La busca_ (1904), Segunda parte, cap II (frag.) «Era, en general, […] se iba disipando»


     […]
 
     Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y blasfemias.
   
    Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni nada.

    Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.

    El dinero era para ellos, la mayoría de as veces, una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol que se iba disipando.
[…]

(BAROJA, Pío: La busca)

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)[esp], _Campos de Castilla_ (1917) -1 XCVII «Retrato»



   Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

   Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario»,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener hospitalario.

   Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

   Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard,
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

   Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente,entre las voces,una.

  ¿Soy clásico o romántico?No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

  Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un dia—,
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

  Y al cabo, nada os debo; debeisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yayo.

   Y cuando llegue el día del ultimo viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tomar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos del mar.

(MACHADO, Antonio: Campos de Castilla, “Retrato”)

José de Espronceda y Delgado (Almendralejo, Badajoz, 1808-Madrid, 1842)[esp], _El estudiante de Salamanca_ (1840), «Parte cuarta» (frag.) «Tal dijo don Félix […] te lo cuento.»


     Tal dijo don Félix con fruncido ceño,
en torno arrojando con fiero ademán
miradas audaces de fiero desdeño,
al Dios por quien jura capaz de arrostrar.

     El carïado, lívido esqueleto,
los fríos, largos y asquerosos brazos
le enreda en tanto en apretados lazos
y ávido le acaricia en su ansiedad,
y con su boca cavernosa busca
la boca a Montemar, y a su mejilla
la árida, descarnada y amarilla
junta y refriega repugnante faz.

     Y él, envuelto en sus secas coyunturas,
aún más sus nudos que se aprietan siente;
baña un mar de sudor su ardida frente
y crece en su impotencia su furor.
Pugna con ansia a desasirse en vano,
y cuanto más airado forcejea,
tanto más se le junta y le desea
el rudo espectro que le inspira horror.

     Y en furioso, veloz remolino
y en aérea fantástica danza
que la mente del hombre no alcanza
en su rápido curso a seguir,
los espectros su ronda empezaron,
cual en círculos raudos el viento
remolinos de polvo violento
y hojas secas agita sin fin. …

[Los espectros inician una danza frenética, cada vez más veloz, mientras pronuncian, con lúgubres aullidos, un canto a la unión de los esposos en la tumba.]

     Y a tan continuo vértigo,
a tan funesto encanto,
a tan horrible canto,
a tan tremenda lid,
entre los brazos lúbricos
que aprémianle, sujeto
del hórrido esqueleto,
entre caricias mil,

     jamás vencido el ánimo,
su cuerpo ya rendido,
sintió desfallecido
faltarle, Montemar;
y a par que más su espíritu
desmiente su miseria,
la flaca, vil materia
comienza a desmayar.

     Y siente un confuso,
loco devaneo,
languidez, mareo
y angustioso afán;
y sombras y luces,
la estancia que gira,
y espíritus mira
que vienen y van.

     Y luego a lo lejos,
flébil en su oído,
eco dolorido
lánguido sonó,
cual la melodía
que el aura amorosa
y el agua armoniosa
de noche formó.

     Y siente luego
su pecho ahogado
y desmayado,
turbios sus ojos,
sus graves párpados
flojos caer;
la frente inclina
sobre su pecho,
y a su despecho
siente sus brazos
lánguidos, débiles,
desfallecer.

     Y vio luego
una llama
que se inflama
y murió;
y perdido
oyó el eco
de un gemido
que expiró.

     Tal, dulce
suspira
la lira
que hirió
en blando
concento
del viento
la voz,
leve,
breve
son.

     En tanto en nubes de carmín y grana
su luz el alba arrebolada envía,
y alegre regocija y engalana
las altas torres el naciente día;
sereno el cielo, calma la mañana,
blanda la brisa, transparente y fría,
vierte a la tierra el Sol con su hermosura
rayos de paz y celestial ventura.

     Y huyó la noche, y con la noche huían
sus sombras y quiméricas mujeres,
y a su silencio y calma sucedían
el bullicio y rumor de los talleres;
y a su trabajo y a su afán volvían
los hombres, y a sus frívolos placeres;
algunos hoy volviendo a su faena
de zozobra y temor el alma llena,

     que era pública voz que llanto arranca
del pecho pecador y empedernido
que en forma de mujer y en una blanca
túnica misteriosa revestido,
¡aquella noche el diablo a Salamanca
había, en fin, por Montemar venido!...
Y si, lector, dijerdes ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.

(ESPRONCEDA, José de: El estudiante de Salamanca)

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870)[esp], _Rima XLII_ «Cuando me lo contaron sentí el frío…»


Cuando me lo contaron sentí el frio
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma...
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube del dolor...,con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?...Un fiel amigo...
¡Me hacia un gran favor!...Le di las gracias.


José de Espronceda y Delgado (Almendralejo, Badajoz, 1808-Madrid, 1842)[esp], _Poesía_ (1840), «Marchitas ya las juveniles flores...»


Marchitas ya las juveniles flores,
nublado el sol de la esperanza mía,
hora tras hora cuento y mi agonía
crecen y mi ansiedad y mis dolores.

Sobre terso cristal ricos colores
pinta alegre tal vez mi fantasía,
cuando la triste realidad sombría
mancha el cristal y empaña sus fulgores.

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,
y gira entorno indiferente el mundo,
y en torno gira indiferente el cielo.

A ti las quejas de mi mal profundo,
hermosa sin ventura,yo te envío:
mis versos son tu corazón y el mío.

(ESPRONCEDA, José de : A XXX dedicándole estas poesías )

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)[esp], _El delincuente honrado_ (1774) (frag.)


SIMÓN.— … A propósito, ¿qué te parece de este don Justo?


TORCUATO.— Jamás traté ministro alguno que reúna en sí las cualidades de buen juez en tan alto grado. ¡Qué rectitud! ¡Qué talento! ¡Qué humanidad!


SIMÓN.— Pero, hombre, es tan blando, tan filósofo... Yo quisiera a los ministros más duros, más enteros. Me acuerdo que le conocí en Salamanca de colegial, y a fe que entonces era bien enamorado. Pero, hijo mío, ¡si tú hubieras alcanzado a los ministros de mi tiempo...! ¡Oh, aquéllos sí que eran hombres en forma! … Entonces se ahorcaban hombres a docenas.


TORCUATO.— Habría más delitos.


SIMÓN.— ¿Más delitos que ahora? Pues ¿no ves que estamos rodeados de ladrones y asesinos?


TORCUATO.— Según eso, habría menos conocimiento de las leyes.


SIMÓN.— ¿De las leyes? ¡Bueno! Ahí están los comentarios que escribieron sobre ellas; míralos y verás si las conocieron. Hombre hubo que sobre una ley de dos piensa de otro modo. ...¿Querrás creerme que hablando la otra noche con don Justo de la muerte de mi yerno, se dejó decir que nuestra legislación sobre los duelos necesitaba de reforma, y que era una cosa muy cruel castigar con la misma pena al que admite un desafío que al que le provoca? ¡Mira tú qué disparate tan garrafal! ¡Como si no fuese igual la culpa de ambos! Que lea, que lea los autores, y verá si encuentra en alguno tal opinión.


TORCUATO.— No por eso dejará de ser acertada. Los más de nuestros autores se han copiado unos a otros, y apenas hay dos que hayan trabajado seriamente en descubrir el espíritu de nuestras leyes. ¡Oh!, en esa parte lo mismo pienso yo que el señor don Justo.


SIMÓN.— Pero, hombre...


TORCUATO.— En los desafíos, señor, el que provoca es, por lo común, el más temerario y el que tiene menos disculpa. Si está injuriado, ¿por qué no se queja a la justicia? Los tribunales le oirán y satisfarán su agravio según las leyes. Si no lo está, su provocación es un insulto insufrible; pero el desafiado...


SIMÓN.— Que se queje también a la justicia.


TORCUATO.— ¿Y quedará su honor bien puesto? El honor, señor, es un bien que todos debemos conservar; pero es un bien que no está en nuestra mano, sino en la estimación de los demás. La opinión pública le da y le quita. ¿Sabéis que quien no admite un desafío es al instante tenido por cobarde? Si es un hombre ilustre, un caballero, un militar, ¿de qué le servirá acudir a la justicia? La nota que le impuso la opinión pública, ¿podrá borrarla una sentencia? Yo bien sé que el honor es una quimera, pero sé también que sin él no puede subsistir una monarquía; que es alma de la sociedad; que distingue las condiciones y las clases; que es principio de mil virtudes políticas, y en fin, que la legislación, lejos de combatirle, debe fomentarle y protegerle.


(JOVELLANOS, Melchor Gaspar de: El delincuente honrado [frag.])

Juan Meléndez Valdés (Ribera del Fresno, Badajoz, 1754-Montpellier, Francia, 1817)[esp], «A Dorila»


¡Cómo se van las horas
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestras frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que, escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra y apaga
nuestros fuegos y dichas;
el cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven,!ay!¿que te detienes?
Ven, ven ,paloma mía,
debajo de estas parras
do lene el viento aspira,
y entre brindis suaves
y mimosas delicias,
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.