martes, 4 de septiembre de 2012

Garcilaso de la Vega (1503-1536)[esp], Canción V «A la flor de Gnido»


Si de mi baja lira
tanto pudiese el son, que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento,
y la furia del mar y el movimiento;

y en ásperas montañas
con el suave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese,
y al son confusamente los trajese;

no pienses que cantando
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;

ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados.

Mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada;

y como por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura,
convertida en viola,
llora su desventura
el miserable amante en su figura.

Hablo de aquel cautivo.
de quien tener se debe más cuidado,
que está muriendo vivo,
al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.

Por ti, como solía,
del áspero caballo no corrige
la furia y gallardía,
ni con freno le rige,
ni con vivas espuelas ya le aflige.

Por ti, con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
y en el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra, como sierpe ponzoñosa.

Por ti, su blanda musa,
en lugar de la citara sonante
tristes querellas usa,
que con llanto abundante
hace bañar el rostro amante.

Por ti, el mayor amigo
lo es importuno, grave y enojos:
yo puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo.

Y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida.
que ponzoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto, como yo de él, ni tan temida.

No fuiste tú engendrada
ni producida de la dura tierra;
no debe ser notada
que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.

Hágase temerosa
el caso de Anaxérete, y cobarde.
que de ser desdeñosa
se arrepintió muy tarde;
y así su alma con su mármol arde.

Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido,
cuando abajo mirando,
del cuerpo muerto vido
del miserable amante allí tendido.

Y al cuello el lazo atado,
con que desenlazó de la cadena
el corazón cuitado,
que con su breve pena
compró la eterna punición ajena.

Sintió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
¡Oh tarde arrepentirse!
¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?

Los ojos se enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron,
los huesos se tornaron
más duros y crecieron,
y en sí toda la carne convirtieron;

las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura:
por las venas cuitadas
la sangre su figura
iba desconociendo y su natura;

hasta que finalmente
en duro mármol vuelta y transformada,
hizo de sí la gente
no tan maravillada,
cuanto de aquella ingratitud vengada.

No quieras tú, señora,
de Némesis airada las saetas
probar, por Dios, agora;
baste que tus perfetas
obras y hermosura a los poetas

den inmortal materia,
sin que también en verso lamentable
celebren la miseria
de algún caso notable,
que por ti pase triste y miserable.


(VEGA, Garcilaso de la: Canción V, «A la flor de Gnido») 


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