martes, 19 de noviembre de 2013

Juan Meléndez Valdés (1754-1817)[esp], _Poesías_ (1820) -Epístola «El filósofo en el campo» (frag.)




Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia al mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú en el guardado gabinete,
a par del feble ocioso cortesano,
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos, por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrado, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.

¡Ay Fabio, Fabio!, en las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando en tallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria,
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia, y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
[…]

«¿Qué hay», nos grita el orgullo, «entre el colono,
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo; su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire, a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil.» ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con qué justa natura nos iguala!
[…]

¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera  del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar -¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza!- lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador, que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos, del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre nuestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano. […]


                                                                                                                                       

No hay comentarios:

Publicar un comentario