miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 1809-Madrid, 1837)[esp], _Colección de artículos dramáticos, literarios y de costumbres_ (1835) «Vuelva usted mañana» (frag.)


         Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. (...) Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero (...) provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria conducían.
          Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que no volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
        
          --Mirad--le dije--, monsieur Sans-délai, que así se llamaba ; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
          --Ciertamente--me contestó--. Quince  días, y es mucho. (...)
         Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista (...). El buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos.
Pasaron tres días: fuimos.
          --Vuelva usted mañana --nos respondió la criada--, porque el señor no se ha levantado todavía.
          --Vuelva usted mañana --nos dijo al siguiente día--, porque el amo acaba de salir.
          --Vuelva usted mañana --nos respondió al otro--, porque el amo está durmiendo la siesta.
          --Vuelva usted mañana --nos respondió el lunes siguiente--, porque hoy ha ido a los toros.
          --¿Qué día, a qué hora se ve a un español?
          Vímoslo por fin , y "Vuelva usted mañana--nos dijo--, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana porque no esta limpio".
          A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelo. (...)
         Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilisímas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin de mes. (...)
         Presentose con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras por un ramo que no citaré, quedando recomendadas eficacísimamente.
         A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
         --Vuelva usted mañana--nos dijo el portero--.El oficial de la mesa no ha venido hoy.
         -- Grande causa le habrá detenido--dije yo entre mí.
          Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos,¡qué casualidad! , al oficial de la mesa en  el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid. Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:
          --Vuelva usted mañana, porque el señor oficial, de la mesa no da audiencia hoy.
          -- Grandes negocios habrán cargado sobre él --dije yo.
          Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo aceptar.
          --Es imposible verlo hoy --le dije a mi compañero--; su señoría está, en efecto, ocupadísimo.
          (...)Después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: 
"A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado."
           ¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai  --exclamé riéndome a carcajadas--; este es nuestro negocio.

           Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los diablos.
           --¿Para esto he echado un viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente, Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo hacerles favor?, preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para ponerse a nuestras miras.
           ¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra cosa; esa es la gran causa oculta.


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