martes, 4 de noviembre de 2014

Rubén Darío. Félix Rubén Darío Sarmiento (Metapa, Nicaragua, 1867-León, Nicaragua, 1916)[nic], _Cantos de vida y esperanza_ (1905), «Yo soy aquel que ayer no más decía...»


A J[osé] Enrique Rodó.

                       I

     Yo soy aquel que ayer no más decía 
el verso azul y la canción profana, 
en cuya noche un ruiseñor había 
que era alondra de luz por la mañana.

     El dueño fui de mi jardín de sueño, 
lleno de rosas y de cisnes vagos; 
el dueño de las tórtolas, el dueño 
de góndolas y liras en los lagos;

     y muy siglo diez y ocho y muy antiguo 
y muy moderno; audaz, cosmopolita; 
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, 
y una sed de ilusiones infinita.

     Yo supe de dolor desde mi infancia, 
mi juventud.... ¿fue juventud la mía? 
Sus rosas aún me dejan su fragancia... 
una fragancia de melancolía...

     Potro sin freno se lanzó mi instinto, 
mi juventud montó potro sin freno; 
iba embriagada y con puñal al cinto; 
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

     En mi jardín se vio una estatua bella; 
se juzgó mármol y era carne viva; 
una alma joven habitaba en ella, 
sentimental, sensible, sensitiva.

     Y tímida ante el mundo, de manera 
que encerrada en silencio no salía, 
sino cuando en la dulce primavera 
era la hora de la melodía...

     Hora de ocaso y de discreto beso; 
hora crepuscular y de retiro; 
hora de madrigal y de embeleso, 
de «te adoro», y de «¡ay!» y de suspiro.

     Y entonces era la dulzaina un juego 
de misteriosas gamas cristalinas, 
un renovar de gotas del Pan griego 
y un desgranar de músicas latinas.

     Con aire tal y con ardor tan vivo, 
que a la estatua nacían de repente 
en el muslo viril patas de chivo 
y dos cuernos de sátiro en la frente.

     Como la Galatea gongorina 
me encantó la marquesa verleniana, 
y así juntaba a la pasión divina 
una sensual hiperestesia humana;

     todo ansia, todo ardor, sensación pura 
y vigor natural; y sin falsía, 
y sin comedia y sin literatura...: 
si hay un alma sincera, esa es la mía.

     La torre de marfil tentó mi anhelo; 
quise encerrarme dentro de mí mismo, 
y tuve hambre de espacio y sed de cielo 
desde las sombras de mi propio abismo.

     Como la esponja que la sal satura 
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno 
corazón mío, henchido de amargura 
por el mundo, la carne y el infierno.

     Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia 
el Bien supo elegir la mejor parte; 
y si hubo áspera hiel en mi existencia, 
melificó toda acritud el Arte.

     Mi intelecto libré de pensar bajo, 
bañó el agua castalia el alma mía, 
peregrinó mi corazón y trajo 
de la sagrada selva la armonía.

     ¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda 
emanación del corazón divino 
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda 
fuente cuya virtud vence al destino!

     Bosque ideal que lo real complica, 
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela; 
mientras abajo el sátiro fornica, 
ebria de azul deslíe Filomela.

     Perla de ensueño y música amorosa 
en la cúpula en flor del laurel verde, 
Hipsipila sutil liba en la rosa, 
y la boca del fauno el pezón muerde.

     Allí va el dios en celo tras la hembra, 
y la caña de Pan se alza del lodo; 
la eterna vida sus semillas siembra, 
y brota la armonía del gran Todo.

     El alma que entra allí debe ir desnuda, 
temblando de deseo y fiebre santa, 
sobre cardo heridor y espina aguda: 
así sueña, así vibra y así canta.

     Vida, luz y verdad, tal triple llama 
produce la interior llama infinita. 
El Arte puro como Cristo exclama: 
Ego sum lux et veritas et vita!

     Y la vida es misterio, la luz ciega 
y la verdad inaccesible asombra; 
la adusta perfección jamás se entrega, 
y el secreto ideal duerme en la sombra.

     Por eso ser sincero es ser potente; 
de desnuda que está, brilla la estrella; 
el agua dice el alma de la fuente 
en la voz de cristal que fluye de ella.

     Tal fue mi intento, hacer del alma pura 
mía, una estrella, una fuente sonora, 
con el horror de la literatura 
y loco de crepúsculo y de aurora.

     Del crepúsculo azul que da la pauta 
que los celestes éxtasis inspira, 
bruma y tono menor —¡toda la flauta!, 
y Aurora, hija del Sol— ¡toda la lira!

     Pasó una piedra que lanzó una honda; 
pasó una flecha que aguzó un violento. 
La piedra de la honda fue a la onda, 
y la flecha del odio fuese al viento.

     La virtud está en ser tranquilo y fuerte; 
con el fuego interior todo se abrasa; 
se triunfa del rencor y de la muerte, 
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!

[París, 1904]


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