martes, 4 de noviembre de 2014

Rubén Darío. Félix Rubén Darío Sarmiento (Metapa, Nicaragua, 1867-León, Nicaragua, 1916)[nic], _Cantos de vida y esperanza_ (1905), «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de hispania fecunda»


II

SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA

 

  Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
                 espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
                 Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
               
 
                 lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; 
                 mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto; 
                 retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,
                 se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
                 y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron 
                 encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
                 cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
                 la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!


Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba 
o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo, 
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando, 
digan al orbe: la alta virtud resucita,
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

          Abominad la boca que predice desgracias eternas, 
         abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos, 
         abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
         o que la tea empuñan o la daga suicida.


Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra; 
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana? 
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
 
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida? 
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo 
ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida, 
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos: 
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas, 
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente 
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino, 
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.
                          Un continente y otro renovando las viejas prosapias, 
         en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
         ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

         La latina estirpe verá la gran alba futura:
         en un trueno de música gloriosa, millones de labios 
         saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente, 
         Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
         la eternidad de Dios, la actividad infinita.
        Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros, 
        ¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!


[Madrid, marzo de 1905] 


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