miércoles, 5 de febrero de 2014

Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 1561-Córdoba, 1627)[esp], _Lr_, «En los pinares de Júcar...» (1603)



En los pinares de Júcar
vi bailar unas serranas
al son del agua en las piedras
y al son del viento en las ramas;
no es blanco coro de ninfas
de las que aposenta el agua,
o las que venera el bosque
seguidoras de Dïana:
serranas eran, de Cuenca,
honor de aquella montaña
cuyo pie besan dos ríos
por besar de ellas las plantas;
alegres corros tejían,
dándose las manos blancas,
de amistad, quizá temiendo
no la truequen las mudanzas.

¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

El cabello en crespos nudos
luz da al sol, oro a la Arabia,
cuál de flores impedido,
cuál, de cordones de plata.
Del color visten, del cielo,
si no son de la esperanza,
palmillas que menosprecian
al zafiro y la esmeralda.
El pie, cuando lo permite
la brújula de la falda,
lazos calza, y mirar deja
pedazos de nieve y nácar.
Ellas, en su movimiento,
honestamente levantan
el cristal de la columna
sobre la pequeña basa.

¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

Una, entre los blancos dedos
hiriendo negras pizarras,
instrumento de marfil
que las Musas lo invidiaran,
las aves enmudeció
y enfrenó el curso del agua;
no se movieron las hojas
por no impedir lo que canta:

Serranas de Cuenca
iban al pinar,
unas, por piñones,
y otras, por bailar.

Bailando, y partiendo,
las serranas bellas,
un piñón con otro,
si ya no es con perlas,
de Amor las saetas
huelgan de trocar,

unas, por piñones,
y otras, por bailar.

Entre rama y rama,
cuando el ciego dios
pide al sol los ojos
por verlas mejor,
los ojos del sol
las veréis pisar,

unas, por piñones,
y otras, por bailar.

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